¿Puede un diamante perder su brillo?

No es fácil reconocer que el orgullo doblega a la reflexión cuando el ego es quien dirige y juega. Es incluso más arduo para las personas que tienen a su disposición un banquete con todo tipo de halagos y elogios. Peor es para aquella persona que forma su fama y logra eternizarse entre los mortales gracias a sus habilidades superdotadas en el juego que todos desean destacar. El ego de un verdadero “crack” del fútbol es el incendio más difícil de apaciguar.

Julio César Uribe

Mi madre siempre me ha dicho que la imagen más viva que tiene de mi niñez es la de un niño pequeñito, rubio como el sol, tumbado sobre la alfombra, ansioso por dar con la imagen de un rompecabezas. Ahora, a punto de culminar mis estudios universitarios, hago una retrospección y reflexiono mientras escribo estas líneas: donde quiera que mi profesión me ha de llevar siempre estaré interesado en resolver un misterio, en dar con la respuesta final. En esta ocasión las piezas que tengo en mis manos son un block de hojas atiborradas de anotaciones y tachones, algunos recortes de periódico añejo, una grabación en la memoria de mi celular y los recuerdos intactos e imborrables de un tío apasionado por el deporte más lindo del mundo. Sólo la combinación precisa de las piezas y el más fino sentido para leer los gestos podrán resolver el más grande misterio para los peruanos que vieron por última vez a nuestra selección en un Mundial: ¿puede un diamante perder su brillo?

Antes de contarles la historia que tengo para ustedes quiero aclararles algo. No soy un pesimista más del montón. Me cuesta creer que algún día alentaré a mi blanquirroja querida con el pálpito que produce cantar el himno nacional previo al pitazo inicial de un partido de copa del mundo. No niego el talento del futbolista peruano, lamento la desmotivación, la falta de compromiso y que, la mayoría, haya olvidado que aquel que tiene la dicha de vestir una camiseta y pisar el gramado en un partido oficial debería agradecer la oportunidad de cumplir el sueño más anhelado. Soy fanático del juego por encima del culto a los colores. Admiro el toque fino; las reacciones instantáneas para pisar, mirar y descargar; el pique corto al vacío; el disparar a puerta sin siquiera mirar; en síntesis, admiro al jugador que comprende el juego no al que lo hace por cumplir, con sus limitaciones y virtudes. Jugadores con esas características los ha habido desde que el juego se empezó a practicar en el Reino Unido allá hacia finales del siglo XIX. En la actualidad puedo citar a cientos de jugadores que brillan gracias a la combinación de pasión y habilidad: Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Andrea Pirlo, Toni Kroos, etc. En mi infancia adopté el nombre de ídolos del momento para romperla en las pichanguitas del parque: Zidane, Bergkamp, Romario, Del Piero, Batistuta, entre otros. Brindo estas aclaraciones para que entiendan mi inquietud por resolver el misterio de un personaje que no tuve la suerte de admirar pero que, con las piezas que ahora tengo sobre el escritorio, espero solucionar el rompecabezas. Mucho escuché y algunos videos observé antes de iniciar una aventura excitante que me puso los nervios de punta.

*  *  *

“El apodo se lo ganó con justicia. En aquel encuentro no hubo argentino que no se preguntara quien era aquel tipo de notable habilidad, gambeta y talento. Tras el partido fue, es y será recordado como el Diamante Negro”. Cuando decidí descubrir algún recoveco interesante de Julio César Uribe, lo primero que hice fue colarme a la clase de deontología en la PUCP que dicta el congresista y ex periodista deportivo Alberto Beingolea. Él había entrevistado a Uribe en su programa “Palabras más, palabras menos” unos años antes así que intuí que sus recuerdos eran un excelente primer acercamiento a la vida del “Diamante”.

Nunca indagué porque apodaron a Julio César con el nombre de la piedra más preciosa sobre la faz de la tierra. Supuse que habría sido pulcro y elegante a la hora de jugar como cuando aparece ante las cámaras de televisión -en calidad de entrevistado o como técnico de algún equipo- vistiendo un elegante traje de diseñador. Beingolea no sólo respondió a mi primera pregunta sino que también me contó la historia. Fue en un partido por Copa Libertadores entre Sporting Cristal y River Plate: “aquella noche, Sudamérica se sorprendió con el nacimiento de una nueva estrella”. La conversación se prolongó un poco más de lo que esperaba. Transcribir la grabación fue un martirio pero al escucharla por segunda vez supe qué episodio de la vida del “Diamante” era el más apropiado para armar. “La selección de Tim era extraordinaria, tenía individualidades brillantes y funcionaba como colectivo. En las eliminatorias para el Mundial de España 82 y en los posteriores partidos amistosos, Perú era potencia mundial pero una división interna hizo colapsar al equipo a tal punto que fuimos un fracaso en la cita mundialista. Nunca se supo si en realidad existió un pleito entre Cubillas y Uribe, figuras del equipo y, quizás, los mejores futbolistas de la historia del Perú. La prensa y la opinión pública estaba dividida en dos bandos, ambos jugadores tenían egos poderosos enquistados. La tensión, las diferencias absurdas y que Tim haya perdido el liderazgo fueron factores determinantes. Ya tienes los elementos ahora has las preguntas correctas”. Subrayé tres veces lo citado y salí a buscar el contacto de Uribe.

*  *  *

La búsqueda no resultó ser una epopeya: un amigo de mi madre había recibido su apoyo en una candidatura política. Dos semanas más tarde me encontré con él en una cafetería próxima a mi casa. Debo admitir que estaba muy nervioso e impaciente. Lo esperé poco más de media hora. Una de las señoritas que atendía me preguntó por tercera vez si iba a ordenar algo. Ante la insistencia le pedí un café con leche. Sobre la mesa garabateaba una de las hojas de mi block de notas. Cualquiera que haya observado detenidamente el trazo apresurado de mi lapicero y el constante movimiento de mi pierna derecha ha podido certificar que me encontraba impaciente. Me sorprendí cuando lo vi llegar. Me desilusioné un poquito. Yo esperaba verlo de traje, elegante, con un reloj de oro adornando su muñeca izquierda pero vino vestido con ropa de deporte. Extendí lo que ya le había comentado por teléfono: el motivo de nuestra reunión. Muy amablemente me ofreció algo para comer. No sé porqué no acepté (quizás fueron los nervios los que me jugaron esa pasada). Julio César se disculpó y me dijo que no tenía mucho tiempo porque tenía que preparar el siguiente partido de la Universidad San Martín. Le contesté que no había problema siempre y cuando me concediera otra reunión al mes siguiente. “Te he visto demasiadas veces en televisión, sé que eres un tipo risueño, cuentas chistes, bailas y amas el fútbol. Sólo te puedo decir que estamos empatados. Me gustaría que en nuestra próxima reunión nos divirtamos ¿acaso ese no es el propósito del fútbol?”. Por fin. Sobre el final de ese primer encuentro, vi uno de sus gestos característicos: una sonrisa de lado.

Al día siguiente, como todos los viernes a las 13:30 horas, me senté a la mesa con mi familia paterna para almorzar en casa de mi abuela Rina. Les comenté entusiasmado sobre mi primer encuentro con una leyenda del fútbol peruano. La anécdota fue una tentación difícil de rechazar para mi tío Álvaro quien, sin dejarme terminar, desempolvó el álbum de sus recuerdos. “Cuando jugaba en Cristal (Julio César) no lo paraba nadie: veloz, inteligente, observador y habilidoso. No era indisciplinado ni caprichoso pero si tenía un autoestima algo elevado. Era el mejor de su época y de hecho el ego se hace más grande cuando quién más lo reconoce es uno mismo”.

Hasta antes del postre yo sabía cuatro cosas sobre el “Diamante” : uno: Julio César fue algo así como el Cristiano Ronaldo de hace unos años, soberbio e individualista pero de buena fe; dos: la selección del 82 fracasó por factores internos extrafutbolísticos que aún desconocía; tres: Uribe no tenía una relación armoniosa con la mayoría de la prensa; y cuatro: la historia detrás de su apodo. Para después del café sumé una pieza más del rompecabezas tras un comentario de mi tío. “Julio César reflexiona pero pareciera que no quiere actuar”. Mi cara de desconcierto le dio a entender a mi tío que debía ser más preciso. “Quiero decir que él creía en el éxito colectivo pero en la cancha parecía olvidarse de esa premisa. Una vez lo escuché decir que cuando un equipo está unido puede tocar el cielo con las manos. ¿Por qué no lo dijo en una de las concentraciones previas al mundial si sabía que habían divisiones en el plantel? No conozco a Uribe pero por sus gestos, comentarios y contradicciones me hace dudar si en realidad cree en lo que dice incluso como entrenador”.

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Mientras más conversaba con amigos y familiares sobre mi próximo encuentro con el “Diamante”, mi balotario de preguntas aumentaba y más episodios de su vida quería develar. Aún quedaban doce largos días para reunirnos en el campo deportivo de la Universidad San Martín. Revisaba varios portales web en busca de más información y tipiaba “homenaje a Julio César Uribe” o “Las mejores jugadas de Julio César Uribe” en YouTube para ver la magia de aquel astro que no tuve la oportunidad de ver en vivo. De una simple tarea pasó a ser una especie de obsesión: quería descubrirlo todo.

En un artículo (“Anécdotas curisosas”) del periodista deportivo Daniel Peredo supe algo genial: de cómo Julio César llamó la atención de Tim y se volvió titular indiscutible en la selección. La historia era fascinante, casi mitológica. La selección peruana se aclimataba en la ciudad de Arequipa para su debut eliminatorio ante Colombia en la altura de Bogotá. El técnico Tim apostó por la experiencia y decidió incluir en el once titular al “Nene” Cubillas, recién llegado de Estados Unidos, y dejó en el equipo reservista a Julio César. A Uribe le cambió el rostro cuando recibió el chaleco de suplente. Se molestó (así lo cuenta Peredo), hizo una mueca de fastidio, se guardó la bronca, se acercó donde Guillermo La Rosa (otro que había sufrido el mismo destino) y le dijo:  “Vamos a demostrarle a Tim que se equivoca con nosotros”. En una de las primeras acciones de juego, Uribe buscó un balón aéreo que venía desde la defensa. Con fuerza aguantó la marca de los defensas titulares, ganó la posición del balón y desde el borde del área disparó de rabona al balón que se clavó en el ángulo del arco de Quiroga. Apenas observó que la pelota infló las redes, Julio César volteó donde Tim y le clavó la mirada. El brasileño se levantó, tiró su cigarrillo y paró el juego: “Vocé no puede ser suplente, pase al equipo titular”.

Como en el fútbol cuando pitan penal en contra sobre el final de un partido igualado a cero, me quedé helado cuando actualicé el portal de noticias deportivas. El titular de una noticia exclamaba: “Julio César Uribe no es más técnico de la San Martín por malos resultados”. No me preocupé por el equipo ni por el futuro de un entrenador desempleado. Fui más egoísta: me preocupé por nuestra próxima reunión. Incesantes preocupaciones en forma de agujas asaltaron mi tranquilidad. ¿Seguirá en pie nuestra reunión? ¿Habrá tomado con tranquilidad la destitución? ¿Qué tanto han cambiado sus planes? ¿Habrán habido otras causales de despido a parte de los malos resultados? ¿Cómo será su relación con sus ex dirigidos? (mis dudas saltaron hacia otros campos).

La situación empeoró cuando, tras dejar correr algunos días, leí en un diario las declaraciones de uno de sus jugadores emblemas: “no se despidió de nosotros”. Nuevamente, más preguntas zumbaron por mi cabeza, esta vez en forma de abejas asesinas: básicamente unos cuantos POR QUÉS (en voz alta) y otras cuantas que intentaban establecer alguna relación con su “díscola personalidad conflictiva” (palabras de su antiguo entrenador en el Cagliari del fútbol italiano). La imagen de un rompecabezas incompleto me persiguió hasta el día siguiente. Cogí mi celular, marqué su número y el sonido del timbrado se prolongó.

*  *  *

Me esperaba sentado en uno de los sillones de su sala. Otra vez sin saco ni corbata pero ya no me importaba. Vestía elegante pero casual: zapatos marrón oscuro recién lustrados, jean azul marino, camisa a rayas por debajo de una chompa verde y un reloj color plateado en la muñeca izquierda. La habitación era espaciosa y bien amoblada. Sobre la parte posterior un fino mueble de madera con estantes para libros y una televisión LCD de aproximadamente 60 pulgadas (para ver el fútbol) ocultaba la pared. Lo que más me sorprendió fue la cantidad de fotografías enmarcadas: familiares, de sus hijos, de él con su pareja, de su pasado como futbolista, de sus nietos. De manera involuntaria había sabido como atrapar el tiempo en una sola habitación: el pasado, el presente y el futuro.

Le entregué una caja envuelta en papel de regalo. Sirvió para romper el hielo aunque el detalle era para agradecerle que haya conservado su palabra. En mi block tenía varias preguntas en un orden estructurado pero ya no estaba seguro de seguir un orden ni siquiera estaba seguro de querer preguntarle sobre cosas específicas. Sólo con recorrer la sala y observar detenidamente podía dar con varias respuestas. Donde las respuestas surgen solas más preguntas brotan inevitablemente. Le confesé a Julio César mis intenciones: descubrir a través de sus respuestas, evasiones y gestos la razón del fracaso de una de las mejores oncenas en la historia del fútbol a nivel de selecciones; confirmar si existió algún conflicto con su “rival mediático” Teófilo Cubillas y revelar las razones; y obtener una reflexión personal sobre su ego. Me disculpé por la brutalidad de mi honestidad y le dije a los ojos que sentía mucha tranquilidad en su casa.

Me invitó a sentarme, me ofreció una taza de café, la acepté con gusto, fue a la cocina y cuando regresó me dijo: “Si existieron discrepancias como sostienen varios ex compañeros míos de aquel plantel así como también lo mencionó la prensa en su momento. No puedo hablar de lo que pasaba por la cabeza de Cubillas, Tim u otros compañeros pero puedo contarte algunas cosas mías. Tengo 61 años, en aquel entonces tenía 29 años, era el momento cumbre de mi carrera. Me sentí muy a gusto con mi desempeño en la Copa Libertadores y el torneo local junto a Sporting Cristal; en Sudamérica me consideraron el tercer mejor jugador del continente por detrás de Maradona y Zico; el Cagliari había ofrecido dos millones de dólares por mi carta pase; y junto a mis compañeros vencimos a Uruguay en el Centenario de Montevideo y obtuvimos la clasificación. Yo sabía de que estaba hecho, de lo que podía dar. Desde que tengo recuerdos siempre he sido disciplinado por superarme a mí mismo no sólo como profesional sino como hijo, esposo, padre y ahora abuelo; es decir, superarme como persona y para eso hay que ser constante más allá de los obstáculos. En la vida he pecado de soberbio pero no con mala intención y en esa época consideraba que los puestos se ganan en la cancha pero que todo debía seguir una estructura propuesta por un líder: el técnico. Tim fue un buen entrenador pero para la cita mundialista perdió el liderazgo en sentido figurado por razones que no tienen sentido desenterrar. Cuando culminó el mundial me fui a casa molesto pero como todo en la vida: el tiempo se encargó de curar las heridas”.

Sólo atine a hacerle una pregunta tras semejante declaración. “No quiero incomodarte pero hay algo que debo preguntarte ahora que me has confesado sobre tu actitud en el pasado” -recuerdo que el tono de mi voz disminuyó- ¿es cierto que no te despediste de tu plantel (San Martín)?

-“Si” -me contestó.

-“¿No es como si los fantasmas del pasado te asecharan nuevamente?”

Entendió por dónde iba mi pregunta. Tomó un respiro, miró al vacío y prosiguió. “Me equivoqué. Cuando uno reflexiona, esa reflexión no debe quedarse sólo en pensamiento sino que debe manifestarse en una acción pero para que esa acción sea constante la reflexión debe estar presente antes de hacer o decir. No es para disculparme pero la prensa se queda en lo malo, en lo mezquino, en lo erróneo. Más adelante me despedí de cada jugador. Ellos no tienen la culpa de la decisión dirigencial. Les desee lo mejor para su futuro como debe ser. Cuando me dieron la noticia (de que no continuaría como entrenador) dejé que el orgullo actuara por mí. Como te digo hay que reflexionar antes de actuar”.

¿Un diamante puede perder su brillo? Supongo que al ensuciarse pero basta una buena pulida para recuperar su brillo.

Esa misma tarde me llegó un mensaje de texto al celular: “Muchas gracias por el rompecabezas”.

Una sonrisa sincera: el verdadero espejo del alma

La vida y los inadvertidos momentos que la componen pueden ser explicados bajo creativas y curiosas metáforas o alegorías.

Se es una oruga lenta y viscosa -y no por nuestra particularidad de teñir una infortuna ocasión con pesimismo – que, con el advenimiento de cada primavera, vamos tejiendo la coraza que nos otorgará las alas, aquellas que nos sirvan de impulso para alcanzar lo que cada uno considera “el cielo”.

O también podemos imaginar que somos un inexperimentado navegante surcando altamar en una inestable embarcación de madera que, ante la adversidad constante que supone el azote y la furia de una repentina tormenta, llegará a avizorar la tenue luz de la calma que va penetrando a paso lento las densas nubes oscuras para confiar en su -hasta ese instante- escondido ímpetu (pero innato) que lo convertirá en el domador de su desconcierto. No en vano se piensa que tras una tormenta  siempre llega la calma pero que ésta ha de saberse eterna sí recordamos que la tranquilidad reside en nuestro interior.

Como dije hay múltiples modos de entender la vida pero también hay numerosas partes que la componen que nos pueden desconsolar si no somos capaces de frenar la marcha galopante de una idea infundada que nace del temor, el recelo y del creernos dueños de realidades ajenas por el nocivo -aunque aparentemente confortable- egoísmo que brota y nos muta en criaturas sombrías cuando olvidamos que sólo somos nosotros mismos.

Pero también, en otros momentos, esas minúsculas partes que hilvanan nuestra vida y le van dando forma, son ratos agradables en los que cualquier situación tempestuosa es inconcebible, inexistente o frugal pero irrelevante. Si bien en esos momentos confiamos que nuestra sonrisa es imborrable y el brillo de nuestros ojos es imperecedero, tampoco hay que dejarnos timar por la buena fortuna o el hallazgo imprevisto de la felicidad en un beso que nos sabe mejor que a la contraparte. Se trata de disfrutar ese chispazo inquietante, abrazarlo por unos instantes y soltar la rienda antes de que esa alegría pasajera nos encierre en un círculo vicioso creyendo en la posibilidad de que lo transitorio se convierta en eterno y nuestra presunta estabilidad se torne en desconsuelo.

Lo único verdaderamente nuestro -que carece de un trastorno bipolar- y en lo que debemos estar seguros es en la invulnerabilidad de nuestra tranquilidad interior; sin embargo, es un aprendizaje, y la lección consiste en no atarse a lo que el viento traiga consigo.

Pensé estar a palmos del cielo (uno de mis cielos) que día tras día en los últimos meses fui pintando y dándole forma con pinceladas (extraídas) de las sensaciones extraídas de cada contacto. Pero, por abrazar tanto algo que nunca me perteneció me vi enfrascado en el orgullo y en la confusión y, de pronto, con las alas invertidas en dirección contraria. Es más difícil revertir el desaliento que el sentirnos invencibles. Nuevamente, no se trata de tener la capacidad de restituir de manera apremiante nuestra estabilidad emocional sino de nunca subirse a la montaña rusa a menos que podamos no inmutarnos con la velocidad con la que se producen los acontecimientos. Un accidente, un abrazo, un rayo de luz, el sonido de una melodía conocida a cierta distancia, o el recuerdo de lo que pasó y que nunca volverá a ocurrir de la misma manera, son momentos efímeros; laméntalos, sopórtalos o disfrútalos pero no insistas en volverlos eternos.

Tu piel por un momento, luego tu piel

Errante y sin destino deambulaba
por las frías noches barranquinas
el invierno no avisó que el dios eros
a mi asecho con tu presencia complotó

Sed de ruido y distracciones durante ya algún tiempo
entre el mareo del trabajo y el crujir de las separatas
resonaba en mi cabeza que aún no era el momento
pero tuvo mi impulso mejor idea que dar a parar contigo entre mis sábanas

En un principio te tomé como calor para la ocasión
aquella primera velada con la luna en mi ventana
al amanecer no me importó que el despertador
de mis brazos te sacara para no extrañarte aún

Mi colchón me traicionó, pues,
a pesar de ser siempre mi secuaz en mis aventuras de paso,
conservó el aroma de tu piel para no dejarlo escapar jamás
ni la rutina ni otra turista de alcoba desvanecieron aquel incienso, convertido ahora en recuerdo

¡Sortilegio! pensaba al verte la noche del reencuentro
tu piel delicada textura, tus ojos pinturas vivas, tus labios dulce golosina
me dispuse a hablar, a seguir el ritmo de tus palabras
sorpresa le espera al de taciturno corazón pero de tolerancia infinita

Que un café, que a dar una vuelta, que de bar en bar
¿por qué no? total no era más tu piel sino tus secretos
el eco de tus botas por el asfalto o el hoyito dibujado en tu rostro
mi objetivo viró: de hacerte ruborizar a arrancarte una sonrisa

Con el tiempo, mentiras acorazadas para no afligirnos
tú y yo, bestias libres de visitar varias moradas bajo contrato
pero nuestros besos revelaban nuestra inclinación por una monogamia indiscutible
¡Quién diría! no resultamos ser los mejores en el juego del engaño

Primero fue tu piel, luego tu afecto
principio de incertidumbre, caprichoso principio
tú no lo anhelabas, yo no lo esperaba
no se pudo predecir con exactitud pero aquí estamos: ansiando mirada con mirada

Viaje sin retorno

– Amor han tocado el timbre deben ser los Gonzales.
– Se bueno y ábreles tú. Todavía no he terminado de poner la mesa – gritó desde el comedor.

El pesado hombre de sesenta y un años se paró de su sillón y caminó hacia la puerta que separaba el interior de su departamento del pasadizo del cuarto piso del edificio.

– Compadrito, Roxana que gusto verlos.
– Compadre que bien se te ve – ironizó Alfonso al notar que su amigo no había adelgazado desde la última vez que se vieron. Toma, te traje este vinito de la Argentina para celebrar el reencuentro.

Recibió la botella, en la etiqueta decía Bramare Viña Cobos Malbec, y con la mano que no sostenía el obsequio le dio un prolongado abrazo. El anfitrión y la pareja pasaron a la sala que lucía perfectamente arreglada para la ocasión. Rufián, el pastor alemán de los Ubierna, ladraba desde la terraza al notar la presencia de los invitados.

– ¿Y María? No me digas que está como loca preparando la cena – preguntó Roxana.
– Ya voy Roxana – gritó la mujer de Mariano, esta vez desde la cocina – estoy sacando los cubiertos de plata que me regaló mi madre.

Alfonso y Roxana eran una pareja encantadora. Perfectos el uno para el otro. Los Gonzales conocían a los Ubierna desde el verano de 1995 cuando alquilaron una casa de playa en el balneario “Los Pulpos” colindante a la de la familia de María, desde entonces las dos parejas no cesaron de comunicarse. A puertas del año 2001 Roxana dio a luz a Ricardito, el segundo de sus hijos, a quién Mariano apadrino luego de que Alfonso se lo pidiera el mismo día del parto.

– No quieres que te de una mano – le sugirió a la ama de casa mientras se dirigía a la cocina.
– María también saca cuatro copas del bar que Alfonso nos ha traído un Malbec. Luego de unos segundos recordó – y de paso el sacacorchos por favor.

Alfonso estaba sentado en el sillón de cuero debajo del reloj de pared al lado del mueble de madera que sostenía el televisor. Al frente Mariano ocupaba su mueble favorito, su espacio de lectura del que podía observar el gran parque que compartía el edificio volteando la cabeza hacia la derecha.

– ¿Cómo están Ricardito y Anabella? – se interesó el anfitrión mientras cruzaba la pierna derecha.
– Bueno Anabella está contentísima en Nueva York. Aún le falta un ciclo para recibirse de arquitecta y Ricardito se quedó en Buenos Aires con mi suegra porque está en semana de exámenes. ¿puedes creer que ya va a pasar a secundaria?
– Como pasa el tiempo, debe estar enorme – encendió un cigarrillo que había enrollado poco antes del arribo de sus invitados. Luego de una larga pitada prosiguió con uno de sus temas favoritos – ¿Se queda la Kirchner?

Alfonso lo había perdido todo en el período de la hiperinflación. Desde ese momento le juró odio eterno al “gran orador de todos los tiempos”, como lo llamaba su compadre, quien pese a no ser un fiel devoto a la estrella, había decidido optar por el mal menor en el 2006.

Para buena fortuna del chef, la madre de su esposa, residente en la Argentina, conocía a unos empresarios culinarios que estaban interesados en sus servicios por lo que marcharse a Buenos Aires no parecía una idea descabellada. Era tanto el rechazo y el temor a un posible retorno  de su pasado económicamente arruinado que, una semana antes del mensaje a la nación del segundo quinquenio, los Ubierna tomaron el primer vuelo para no volver más salvo excepciones.

– Mariano ya pueden pasar al comedor, la cena está servida – se oyó desde el comedor.

Alfonso se paró de inmediato ante el llamado de su comadre acompañado del inconfundible aroma del pastel de papas gratinado recién horneado pronto a saborear, mientras el cenicero que sostenía su interlocutor soportaba el remate del segundo cigarrillo de la noche. Rufián volvió a ladrar, quizás como plegaria para olfatear más de cerca el olor que se colaba por el pequeño espacio de la mampara mal cerrada.

Entre el vino y las risas ya no quedaba espacio para el postre. Era muy temprano aún y el vuelo de retorno estaba previsto para el día después de mañana. Las damas se quedaron en el comedor cuchicheando, mientras Alfonso acompañaba a Mariano a la sala para que este pudiera fumar. María detestaba el humo y la hediondez que emanaba el vicio de su esposo pero luego de años de discusiones ambos habían pactado que el único lugar permitido era la sala de televisión que daba a la terraza.

– Te digo que no es para tanto. La situación en la Argentina viene de mal en peor y el Perú está de puta madre. Además tus habilidades con la sartén serían bien remuneradas acá. Carajo ¿no lees las noticias? tenemos la mejor gastronomía del mundo – le reprochó a su compadre ante la falta que le hacía.
– Yo lo sé pero a pesar de esa estúpida, estoy bastante agradecido con las oportunidades que se me brindaron. No podría pagarle los estudios a Anabella si hubiera continuado aquí – Afuera lloriqueaba Rufián cansado de esperar bajo el cielo de betún limeño.
– No seas huevón regresa a tu país, tu éxito crecerá como la espuma. Además extraño a Ricardito. ¿También se inclina por la cocina?
– Es un niño todavía, se le ha metido en la cabeza el sueño de ser futbolista. Juega bien pero creo que es una ilusión pasajera – Rufián arañaba la mampara con sus inmensas patas para que lo dejaran pasar al interior del departamento – Regresaré si la Kirchner y sus estatismos me jode el negocio. Solo espero que esa posibilidad no confabule con una candidatura del gordinflón para la siguiente campaña. Ya deja entrar al perro, se está cagando de frío.

Rufián entró campante a la calidez de la sala. Olfateó a su amo y se echó en la alfombra justo en el medio de la distancia que separaba a uno del otro. Las risas provenientes del comedor y la conversación de los caballeros se confundían entre el denso humo de un nuevo cigarrillo encendido.

– Si esa rata vuelve a salir elegida no vuelvo a pisar este país – prosiguió Alfonso, esta vez con una sonrisa en la cara disimulando la seriedad de sus palabras para que su compadre no tomará en serio su afirmación.

Mariano se excusó para ir al baño. El cigarrillo reposaba encendido sobre el cenicero cargado de cenizas. Alfonso observó a Rufián acercándose lentamente para acariciarlo. El pastor alemán se abalanzó sobre el cuello del invitado con sus afilados colmillos. Las manchas en el sillón de cuero y la alfombra parda continuaron impregnadas hasta después del velorio.

Capítulo I

Miró su reloj de pulsera y las manecillas marcaban un cuarto para las tres de la madrugada. Aún le quedaban veinticinco largos minutos para abordar el avión que lo transportaría a la oportunidad de su vida. Treinta arduos años de tropezones y recuperaciones, de fortalezas y rechazos, de amanecidas y encerronas; darían fruto cuando sus pies rocen la tierra del principio de las normas legibles y de los crudos asesinatos de exhibición. Tuvo una infancia extraña en las que le relataba cuentos dramáticos a su subconsciente, una adolescencia confusa aferrándose a la vida que él imaginaba pero que no existía, y una adultez temprana en la que por fin se animó a darle rienda suelta a su imaginación y a comprometerse con su inseparable pluma, en la aventura de existir con el propósito de mantener viva la llama que siempre enardeció los más íntimos de sus deseos.  Arribaría a firmar los agradecimientos de aquellas personas que se habían sentido identificadas con sus memorias y sus ficciones; eso lo ponía ansioso y, en su rostro, una sonrisa ridícula pero sincera se dibujaba con cada una de las proyecciones e ilusiones que su mente le regalaba. Ese era su don y su martirio. No había encuentro, conversación, despedida, futuro cercano, que su mente no se animara a imaginar.

La voz sin rostro de una señorita bilingüe anunciaba por el altavoz la llegada de otros transbordadores. Él, siempre atento al tictac de su reloj y con la mirada fija en el laberinto de la muchedumbre, recordó como en su juventud no dormía tranquilo cuando discutía con sus rosas. Las sábanas lo estrangulaban al no serenarse y el insomnio siempre lo rescataba, levantándolo de la cama y lavándole la cara con un chorro de motivación para escribir. En realidad a veces redactaba, otras veces solo observaba por la ventana el color que vestía a la noche y pensaba en los “porqués” y en los “quéhacer”. Un don, cuando plasmaba en un retazo de papel el dolor de apretar las espinas que a sus rosas aún no les crecían. Un martirio, cuando esa premoniciones obligadas (así las llamaba él) se convertían en un monstruo indomable capaz de desplumar sus alas, controlar sus manos y magullar su inspiración; a esa receta amarga faltaba añadirle una dosis del trajín rutinario de la realidad.

El recuerdo se esfumó temeroso del ruido que arrastraba una caravana de turistas asiáticos. Tras un hondo suspiro, antes de que sea tarde, hilvanó el final de su viaje en el tiempo con un murmuro. Aquellas noches intranquilas, insospechadas que en un principio me aterraban y que con el tiempo las supe querer y apreciar. Mi doble vida, yo y mi conciencia, mi gemela conciencia.

Volvió la mirada a su reloj. Tres y cinco de la mañana – musitó. Su pierna izquierda se agitaba sobre su posición, su mano derecha apretaba el aza de su bolso bakano y la manecilla del segundero avanzaba al ritmo de su palpitar. La misma voz sin cara interrumpió su ansiedad.

Pasajeros con destino a Roma por favor acercarse a la puerta de embarque número 17. El avión despegará en breves minutos.

Se levantó de su asiento de inmediato, apresuró a sus manos para anudar su corbata y se puso su fino saco gris para lucir formal a la hora del despegue. Vigilé cada uno de sus pasos desde el umbral que separaba al aire fresco del aire acondicionado del interior. Lo noté preparado para la más extraordinaria experiencia que, quizás, le tocaría vivir. Él no se inmutó de mi presencia puesto que aún no era necesario volvernos a topar. Caminó entusiasmado con la frente en alto hacia la rígida línea de personas que lo acompañarían en su trayecto. Diez eternas horas que, él sabía, pasarían desapercibidas gracias a su pasión insaciable por la lectura. Cinco minutos más tarde la cola se había acortado a una madre embarazada, sus dos infantes revoltosos y un anciano que parecía ir en busca de la paz y el descanso eterno en la más hermosa de las metrópolis. Nos volveremos a encontrar, Coliseo pero esta vez dejaré mi nombre por todo lo alto, pensó sonriente.

La última presencia en desalojar el avión golpeó su hombro izquierdo dejando caer el libro que devoraría y que hace instantes extrajo de su bolso. La dulce fragancia que se desprendía de aquella misteriosa figura lo dejó absorto. Al recoger del suelo la fuente de su alegría, la mujer retocaba su maquillaje veinte pasos atrás de él. Una sensación extraña hincó su pecho. Era el mismo corte de pelo y la misma lividez que teñía su anatomía pero esta vez la cascada era dorada mas no color cacao.

Señor sírvase abordar el avión. Solo falta usted y llevamos algunos minutos de retraso – le advirtió una petiza aeromoza.

Salió del trance por un instante y le respondió. Si como no, disculpe.
A la azafata le preocupó la repentina palidez que se esparcía por el rostro del escritor. Un paso antes de cruzar el portal, las ansias volvieron a dominar sus impulsos. Volteó suplicando que no sea tarde y no lo fue. La paciencia de la aeromoza solo permitió un efímero puente entre sus miradas. La reconoció. Su memoria eidética no se podía equivocar. Ella lo miró con la misma intensidad de hace veinte años. El tiempo no se detuvo por más que lo anhelaba. Su ansiedad lo apresaba en un cubo y solo había dos escapatorias. Era la hora de partir. Sus sueños lo esperaban y la arquitecta que décadas atrás lo edificó querría que los alcanzara. Traté de ayudarlo a decidir pero supuse que complicaría más su desconcierto así que permanecí a lo lejos. Ella asintió tenuemente con la cabeza dándole el visto bueno a su partida. Él cruzó el portal con el corazón en la mano susurrándole que la esperanza es lo último que se pierde.

Amor impertinente, amistad oportuna

Nos encontramos en el bar más alejado de la ciudad a la hora indicada. Un lugar recóndito libre de caras conocidas y apariencias fraudulentas. Cada noche de luna llena repetíamos la velada. Él, de cara ancha y mirada intensa, trabajaba desde el arribo del sol hasta la hora en que el viento soplaba en frío. Yo, en cambio, había optado por la opción de trabajo que más me acomodaba; partía en autobús en las horas en las que el estomago ya no suplicaba clemencia, y retornaba, con los ojos atentos pero la mente adormecida, cuando empezaba la madrugada. En fin, nuestros horarios impedían lo que hasta hace algunos años llamáramos una amistad pragmática. Es cierto que aún así conversamos por facebook pero no es lo mismo que tener tiempo disponible para compartir una cerveza mientras jugábamos videojuegos o para salir en búsqueda de diversión momentánea en el club o en alguna discoteca de semana. De modo que, para no perder nuestra amistad de hermanos pactamos huir del estrepitoso mundo de oficina y de la superficialidad de la ciudad una vez cada mes para conversar tendidamente de lo que nos abatía o para reírnos de la estupidez de algunas personas que cambiaban de personalidad como quien cambia de ropa interior; incluso, nos las ingeniábamos para regresar cada uno a su casa con una buena compañía. Nunca olvidaré aquel día en el que el placer pudo más que la cordura, una morena alta y delgada le había enseñado algunos movimientos a cambio de una laptop; un trueque que el desconocía y que al despertar, la pasión y sus archivos se habían esfumado de las sábanas del impudor. Yo no sabía si reírme o preocuparme, lo que si estaba claro era que aquella pérdida material fue más insignificante para él que las 4 horas de sexo incontrolable que tanto envidié cuando me lo describió al detalle jugando al pool.  Fueron 18 meses de carcajadas y borracheras, de peleas fuera de la cantina contra los celosos vigilantes de las muchachas que enamorábamos, de apuestas innegables y de litros de litros de cerveza que nos acompañaban en la jornada laboral del día siguiente. Una rutina inquebrantable. Sin embargo, anoche algo no encajaba.

Bebía sediento mi tercer chopp de cerveza y él recién había destronado a la suya; un par de sorbos necesarios para quitarle la corona de espuma a su cerveza. Otro indicio desconcertante yacía en la fijación de su mirada intensa hacia la entrada del bar como si esperara a que entrara alguna oportuna presencia que lo volviera en sí. Conversamos de fútbol e inversiones pero no lograba captar su interés. Luego, al notar que algo lo arañaba por dentro, le conté una divertida historia del apetito sexual de un loco tuitero que en 140 caracteres relataba sus aventuras con lujo de detalles. No rió escandalosamente como solía hacer cuando oía la historia de un anormal que se atrevía a desafiar el status quo y las normas sociales. Mis intentos por despojarlo de su carga fueron en vano. Fue ahí que decidí preguntarle por lo que le afligía. Me relató, sin pausa, que había conocido a una mujer, una que lo había hecho dudar de sus convicciones. Por primera vez en 25 años de amistad lo noté desequilibrado. No pude esperar a que terminara su historia y me animé a lanzarle un vendaval de preguntas que saciaran la intriga que me carcomía. Navajas que esquivó con la sutileza que lo caracterizaba cuando no quería hablar de algún tema que lo incomodara; no obstante, una pregunta dio en el blanco y se dispuso a responder. ¿Qué es lo que te extraña de esta mujer?, le consulté. Con un brillo en los ojos y una frase me sorprendió. “Bastó con que le diera un beso en sus labios de fresa para sentir que un adiós me mataría”. Mi interés por la investigación me impulsó a seguir indagando. Luego de un par de shots de Tequila por obligación soltó la lengua. Su desconsuelo residía en su confusión. La había frecuentado por toda una semana al terminar sus horas de oficina. Filosofó sobre el tiempo y el destino. Él era un fiel partidario de que “el amor brotaba con el tiempo”; sin embargo, el cruce de miradas por primera vez entre ambos lo flechó inesperadamente. Y, en cuanto al destino, supo que era la mujer de su vida con el roce de sus cuerpos entre las sábanas que, tiempo atrás, habían sido testigo de un atraco al deseo y a la inversión. Pero, qué era aquello que le había arrancado la expresión a su rostro. La mujer de sus sueños desapareció sin dejar rastro ni ubicación. Está vez no le robaron nada material pero si lo dejaron con un corazón podrido de latir por una pasión efímera que él confió férreamente ser la última inquilina de su detonante de emociones. Quise ayudarlo de cualquier manera: consejos sobre cuántos peces hay en el mar, cambios de tema radicales, historias de cómo otras almas habían jugado con mi mente; pero nada, aún seguía inmovilizado sin ganas de revivir, con la cerveza intacta. Tras un largo silencio y un bullicio de un par de ebrios que cantaban canciones del ayer, murmuró: “Me mató y sin ningún adiós”. Me quedé atónito sin nada que decir, con la mirada puesta en las gotas que chorreaban de mi vaso. “¿Sabes algo? Mi mente me anima y me remata” prosiguió. “Es cómplice y traidor, me grita sal y olvídate pero instantes después me impulsa a rastrearla y maldecirla por haberme dejado vacío y sin esperanza. Pero vuelvo a pensar y no creo poder ofenderla. La miraría y flotaría hasta sus labios”. Cuando el reloj marcaba las 3 de la mañana supe que decir. “Sólo el tiempo cura las heridas, sólo el hecho de reconocer que uno existe para sí mismo y para los demás permite olvidar lo que el viento se llevó, sólo la cordura y la serenidad pueden vencer a una mente ventrílocua que nos dirige a su antojo con impulsos involuntarios que ni el corazón ni la razón pueden combatir”.

Me miró fijamente, ambos estábamos sorprendidos por lo que acababa de ocurrir. Yo no era un buen consejero, desconocía el don de la palabra, incluso él se extrañó. La única conclusión a la que pude arribar fue que en los momentos en que una persona significativa requiere ver la luz al final del túnel, nuestra verdadera esencia como seres humanos y morales arremete contra la oscuridad en la que todos podemos caer con su brillantez insospechada. Todos tenemos esa potestad, en algún momento surgirá de nuestro interior. En cuanto a aquella musa de los labios de la perdición, nunca supimos de su paradero. Quizás voló lejos, quizás se enamoró, un sinfín de quizaces que ya no más importó. Mi amigo comprendió que los labios que besó no eran más que un momento: su momento de enamorarse de una persona que valga la pena. Y en cuanto a mi, sigo trabajando, sigo frecuentando la misma taberna y sigo careciendo del don de la palabra. 

Be my friend Nadine

El pasado martes 27 de noviembre el ministro de Trabajo, José Villena protagonizó un bochornoso incidente en el Aeropuerto Internacional Alfredo Rodríguez Ballón,  en Arequipa, luego de que llegara tarde a dicho terminal aéreo y perdiera su vuelo de regreso a Lima. Al funcionario no se le ocurrió mejor idea que agredir física y verbalmente a los trabajadores y policías que trataron de detener su ingreso al avión que estaba apunto de despegar. Insatisfecho causó destrozos en la zona de embarque y además empujó a una mujer trabajadora. Este incidente suscitó el fastidió de todos los peruanos en las redes sociales y varios otros funcionarios exigieron su inmediata renuncia. Entonces, a todo funcionario que se le preguntó si debía o no renunciar o si se le debería despedir contestaron de la misma forma: “está en manos del presidente Ollanta”. 

Desde hace mucho que me interesé por la política, puesto que es allí donde se trata de resolver los problemas que aquejan a la sociedad con la “mejor de las intenciones”; sin embargo, cada cuanto aparece uno que otro acontecimiento que traba la práctica o que genera mayor desprestigio en el ciudadano civil. Otro de mis intereses es la comedia y más aún las caricaturas políticas o los chistes políticos; por lo tanto, no se me ocurrió mejor idea que animarme a retar a Carlín o a Heduardo realizando un montaje de caras de algunos políticos en afiches o pinturas que muestren una situación política que se pueda utilizar para la comedia. El pasado domingo fui a ver el Padrino al cine (cosa que nunca había hecho) y me cautivó la escena en la que un dueño de funeraria le besa la mano a Vito Corleone en señal de agradecimiento y respeto, es en ese momento que recordé la noticia bochornosa del ministro Villena y se me ocurrió jugar con la imagen. A continuación la imagen de la escena de la película. 

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Utilicé la estrategia estético comunicacional de la apropiación que mantiene el sentido de la imagen pero gracias a la alteración de alguno de sus elementos (las caras) forma parte de una nueva interpretación. 

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Básicamente pretendí mostrar al ministro Villena besándole la mano a Nadine Heredia para significar que el ministro conservaría su puesto siempre y cuando se rinda y ruegue ante el poder del Gobierno. Muchos medios, politólogos, caricaturistas y hasta congresistas de la oposición han comentado o comunicado, a través de columnas, caricaturas, etc., que consideran que la que tiene el poder es Nadine y no Ollanta. En mi opinión a veces pienso lo mismo y me gusta pensar que es así porque Nadine tiene más carácter y siempre aparece en la escena política. Pero no quería dejar a Ollanta fuera de la escena puesto que en lo aparente el es la cabeza de Gobierno; entonces, esta fotografía del Padrino es perfecta para mi propósito: Vito Corleone aparece imponente en primer plano, el funerario casi arrodillado besándole la mano y Sony Corleone en un segundo plano al fondo casi desenfocado. La imagen del hijo mayor del Padrino es perfecta para situar en el mismo espacio a Ollanta Humala y así significar que está “siempre en la escena” pero no es al que se le consulta o se le ruega. Simplemente genial.

Mi objetivo comunicativo es claro: Responde a la pregunta ¿quién maneja al gobierno? Nadine “sabe” que es ella así como Don Vito sabe quien manda en Nueva York. La imagen de su cara mirando hacia la cámara mientas que Villena le besa la mano intensifica el mensaje. Villena se muestra sonriente, puesto que sabe que rindiéndose ante la reina conseguiría aferrarse al cargo. ¿Y Ollanta? Él mira hacia otro lado como si se desentendiera de la situación, se muestra como un informante de su querida Nadine, como un fiel sirviente que no quiere objetarle ninguna decisión a su enérgica esposa.

Esta imagen pregunta: ¿Por qué continúa en el cargo un ministro de Trabajo que agrede despóticamente a unos empleados que son civiles como tú y yo? ¿Irónico y aberrante no? Mi indignación me alentó a alterar una imagen con propósitos cómicos. ¡Si el Gobierno se burla de nosotros porque nosotros no!